Feb 25
.there never will have been flowers.
Una conclusión avanza invisible como una enfermedad
el ataúd pasajero me acuna a través de las calles nubladas de tus desatenciones
mientras en la pantalla lcd pasan
un viejo porno donde follábamos como desvergonzados cometas que vuelan demasiado cerca del sol seguido de
un video amatorial sobre la ceremonia lentamente planificada en la que tus gritos se casan con mis lágrimas para acabar con
un documental muy instructivo sobre como aprender a estar muertos
mi mente se descompone a la deriva luchando contra grados de resistencia más o menos densa de tu esperma
devengo microscópica a mà misma cuando no me miras
los dibujos geométricos de tus labios cuando me besas perciben el espacio de mi cuerpo con una tranquilizadora familiridad que predica SuiCiDio
el sexo es una mentira. un saludo infinito. un orden obedecido
aliento insertado a la fuerza en la piel
una herida en expansión una vez por semana
un universo en contracción compuesto por la misma urgencia de lamer y escupir kilómetros de piel templada en cintas de palabras que son al máximo un efecto colateral de mi propia respiración
las emociones precipitan en el mismo instante en que son concebidas y te caen encima como agridulce lluvia de cera semidiluÃda
tengo un Fin del Mundo pero no un método preciso para llegar que corresponda a este lentÃssimo arratrarse lejos de este transpirante e hinchado planeta que es tu pene
perdón.. amor
hablar es mentir con una música bellÃsima
escribir es arrancar luz ámbar de tu cuello y tu ingle con mis labios
los dientes cariados de las estrellas infligen vergonzosas espirales de deseo en tus pupilas.
las mÃas reflejan una vida de contención que durará hasta que cierres para siempre tus ojos tiránicos y yo.quizás.me despierte
tu hambre incontenible destruye profundidad de campo
la nitidez disminuye gradualmente
o quizás simplemente yo no soy el sujeto principal
alguien está siendo vencido ahora
probablemente soy siempre yo..
mientras este imprudente cielo azul me atraviesa el cuerpo siento
la atractiva incapacidad de Creer o No Creer
la invitante caricia de una enfermedad extinta
hasta que una abstracta teorÃa pueda aliviar mi sufrimiento
guiaré mi blanco ataúd a la cita a través del inmenso costado de este nuevo universo asexual en lucha sobre un mar coagulado de cardenales que sanan lentamente de una quietud sin sentido
los cuchillos están en la cocina
el primero en saber será el último en saber en el espejo invertido de estas palabras
En un dÃa despejado resulta harto difÃcil encontrar la boca en la que sumergirse en un túnel angustioso para dejarse mecer como una hoja otoñal, como un copo, hundiéndose lentamente en un paisaje de gris oscuridad sin fondo ni tiempo, inspirándolo, dejando que pase al riego sanguÃneo, alimentando hasta la última célula, expirándolo para volver a deglutirlo de seguido, creciendo, tensando la piel como la de aquel gato muerto deformemente hinchado en el lÃmite de la marea ¿cómo podÃa ser agua fuera-agua dentro, angustia sin lÃmites in crescendo?
Las personas con una cierta inteligencia tienen interruptores, saben cortar estas situaciones, hacer el esfuerzo inhumano que supone mover un dedo cuando todos los músculos han adquirido la textura del plomo y las señales eléctricas quedaron congeladas en los nervios. SeguÃa devorando horas, kilómetros, de angustia infantil, adolescente, existencial, adulta, creciendo como gorgoritos bienaprendidos cuando su contemplación podÃa llenar una tarde de lluvia, almacenándolos al ronroneo del motor, siendo consciente de los gotones que formaban lodos con el polvo, con el salitre, para podrir la carrocerÃa, plañendo todo-se-roña-todo-se-corroe-todo-se-crea-todo-se-destruye, y ¡seguÃa sin pulsar el jodido interruptor, ahà mudo, al alcance de la mano! Puñetera costumbre de llegar al fondo de las cosas que se cruzan por el entrecejo.
Es tuya, la has hecho tuya, se ha colado como la ausencia de luz en la tarde de este domingo, que no es tuya, que ya no es domingo. Crece la sospecha de que no es mÃa esa música que no suena. Saleros que se estrellan en el suelo, zumbidos en el oÃdo izquierdo, puñetera herencia que no fue quemada en la hoguera.
Respiro un poco de tranquilidad. Pienso quién será. Y le doy por fin al interruptor.